Tal vez eran sus ojos negros, tal vez sus perfectos dientes blancos o quizás el hecho de que no era Argentino, y mi pasado no era de su incumbencia, pero esa noche se había transformado en la persona más interesante que había conocido en meses. No entendía muy bien de que hablaba, el portugués jamás fue mi fuerte, pero su manera de pronunciar las palabras me atraía enormemente, parecía que las acariciaba con sus labios, y salían de su boca tan armónicamente que sonaban tiernamente familiares, aunque nunca supe cuando terminaba una y comenzaba la otra.
Se reía de forma extraña, al Igual que un trueno, pensé cuando lo oí reír por primera vez, antes la imagen y luego el sonido: gesticulaba echando la cabeza hacia atrás y por último largaba un ruido grave, que nada parecía tener que ver con su voz. Es extraño como los detalles quedan en la memoria de uno, pequeñas características que percibimos solo cuando vemos más allá del paisaje completo, cuando más que mirar, observamos a el otro.
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