Las luces de colores se mezclaban sobre las despintadas paredes,
el bullicio y la música se trasformaron en un solo ruido, pesado y
fastidioso. El humo impedía ver con claridad, aun así, observé con
detalle las demás mesas, cada conversación, cada mirada y cada gesto. Miré el
reloj reiteradas veces, cinco para ser exacta, con cada una soltaba un tedioso
suspiro. Pedí una cerveza y seguí tratando de descifrar que pasaba en cada
mesa, me intrigaba que era lo que los
unía ahí sentados, jugaba a imaginar sus posibles vidas y los motivos por los
que se encontraban ahí esa misma noche, nunca iba a saberlo, pero al menos el
tiempo pasaría más rápido.
El entró, se sentó junto a mí con la misma expresión
de siempre, se acomodó y pidió otra cerveza. Me contó su día, el trabajo, el tráfico,
la rutina, yo solo asentía y le pegaba otro sorbo a mi cerveza, trataba de
escucharlo, pero las charlas de las otras mesas me intrigaban un poco más, aun
así me esforzaba para no dispersarme. El no dejaba de hablar, en un determinado
momento, no se cual con precisión, note que la música sonada cada vez más
fuerte, ahora solo lo podía verlo gesticular, moviendo sus manos continuamente,
contando mil cosas que ya no tenían sentido para mi, comencé a sonreír, la
sonrisa se trasformo en risa y la risa en carcajadas. Pegó un último sorbo a su
vaso y lo apoyo haciéndolo sonar con fuerza contra la madera. La música
disminuyo de golpe, la gente parecía haberse callado de un momento para el otro
y mi risa de apagó rotundamente. Podía escuchar mi corazón latiendo y mi
respiración aumentaba, miré a mi alrededor y todos se veían igual, hablaban y
reían, podía ver sus bocas moverse a pocos centímetros de mi y no oír ni una
sola palabra. Sentí miedo, tape mis ojos con mis manos, grite desde mi estomago,
destape mis ojos y él me miró seriamente
y recomenzó su relato.
La música comenzó a subir gradualmente, las voces se
mezclaron y se volvieron a tornar ruido, yo no podía mover ni un musculo de mi
cuerpo. Comencé de a poco a mirar alrededor y ninguna persona pareció notarlo. El termino su
monologo, sonrió, me dio un beso en la frente y se perdió detrás de la puerta
del bar. Me quede petrificada unos
minutos, aturdida y desorientada. Pague las dos cervezas y volví a casa.